Las figuras femeninas en La Transformación de Kafka

Como ocurre con la mayoría de las obras de Franz Kafka (1883-1924), La Transformación ha dado lugar a un sinfín de interpretaciones posibles. Se han propuesto visiones freudianas, existencialistas, religiosas e incluso marxistas. Se ha debatido acerca de si el protagonista, Gregor Samsa, simboliza la condición humana. Incluso se ha señalado el significado metafórico de esta obra con respecto a la vida del propio Kafka (así, se ha enfatizado la similitud entre el apellido del protagonista y el del autor, con una aparente correspondencia entre el orden y valor de las consonantes y vocales que forman ambos).

Es comúnmente aceptado, sin embargo, que la historia retrata un mundo hostil y quizá absurdo cuyos temas principales son el aislamiento del individuo, su alienación y sacrificio en pos del bien de terceros, así como un cierto antagonismo entre padres e hijos. En este sentido, el propio Kafka consideró en su momento la publicación de esta obra junto a otras dos historias (La condena y El fogonero)1.

En La transformación, como en los dos relatos mencionados, el autor plasma un anhelo de emancipación que en su vida real le resultaba harto difícil de conseguir. Pero Kafka no sólo luchaba por su independencia, sino también por su propia identidad, una identidad liberada de la sombra omnipotente del padre. Se muestra así uno de los principales temas tratados por el autor checo: el de la filiación, que comprende la familia y el matrimonio, y por ende el papel de la mujer en la sociedad.

Los biógrafos de Kafka coinciden en señalar que las mujeres desempeñaron en su vida un papel muy importante, a la vez que tremendamente complicado, como parece reflejarse en toda su obra. Esta dualidad se manifestó en una serie de amores trágicos, en una constante indecisión respecto al matrimonio (con compromisos cancelados a última hora a causa de su confesada lucha interior, que le hacía debatirse entre la emancipación que el matrimonio le otorgaría y su devoción por la literatura, a la que deseaba entregarse de forma absoluta sin injerencias de ningún tipo), al tiempo que la relación con su madre y hermanas sirvió al autor checo como refugio ante las abrumadoras actitudes viriles de su padre. Con independencia del carácter más o menos autobiográfico que La transformación pueda revestir, este papel ambivalente que el sexo opuesto juega en la vida de Kafka parece desvelarse meridianamente a medida que avanza la obra que nos ocupa.

Así, inmediatamente después del impacto inicial del primer párrafo, el narrador nos muestra la escena que podría definir perfectamente la situación del protagonista, más allá de su inexplicable (e inexplicada) transformación: en su “muy pequeña habitación”2 (virtualmente todo su mundo, o el único lugar en el que puede estar en paz a lo largo de la novela), lo primero que se ve es “un muestrario de paños desparramado”3 sobre la mesa, mientras que en la altura de la pared se encuentra la imagen de una mujer elegantemente ataviada con pieles. Esta imagen, recortada por Gregor de una revista, había sido colocada dentro de “un marco dorado”4. Encontramos aquí la primera muestra de las diferencias entre el protagonista, un simple viajante de comercio que ya ni siquiera es un hombre, y la mujer como icono inalcanzable, envuelta en pieles y oro. Esta mujer desconocida, de la que únicamente se destaca su atuendo, sería una alegoría o sutil referencia a La venus de las pieles, obra del escritor austríaco Leopold von Sacher-Masoch dedicada al amor, y que dio lugar a la aparición del término masoquismo para expresar cierto tipo de relación entre el hombre y la mujer. La transformación sufrida por Gregor podría entenderse así como un posicionamiento respecto a esta dama, objeto de su deseo desde un punto de vista masoquista de degradación extrema de la personalidad. Este deseo exacerbado se muestra más tarde en la historia, cuando las dos mujeres de la familia comienzan a vaciar la habitación del protagonista: Gregor, sin motivo justificado, se aferra al cuadro como único objeto a conservar, cubriéndolo con su cuerpo y dispuesto a protegerlo a toda costa.

Tras los primeros instantes, en los que Gregor evalúa la situación y los inconvenientes que su nueva condición pueda ocasionar en su familia (sin preguntarse siquiera por la posibles causas de su transformación), aparece por primera vez en el relato la madre del protagonista. Ésta es representada a lo largo de la obra como una mujer débil, que depende de su marido y se amolda a las decisiones que él toma, sin defender sus ideales ni expresar su posición.

Su carácter sumiso se muestra ya desde el principio en la forma de llamar “cautelosamente a la puerta”5 para avisar a Gregor de su retraso. Fiel a su rol secundario, la Sra. Samsa se mantiene en todo momento en un segundo plano de la historia, evadiéndose de los problemas o simplemente ocultándolos. Así, cuando el apoderado de la empresa para la que trabaja Gregor se persona en la casa, la madre disculpa la falta de su hijo (“No se encuentra bien— dijo la madre al apoderado mientras el padre hablaba ante la puerta—, no se encuentra bien, créame usted, señor apoderado”6) y le defiende (“¡Cómo si no iba Gregor a perder un tren! El chico no tiene en la cabeza nada más que el negocio”7).

En una sociedad patriarcal como la de la época, la persona que sustenta a la familia es la más respetada e importante, y el papel de la madre se reduce al de mera acompañante del cabeza de familia, siempre obediente y dispuesta a aguantar el menosprecio de su marido (“vosotras, las mujeres, nunca hacéis caso”8, espeta a modo de reproche el Sr. Samsa cuando Gregor consigue escapar brevemente de su cautiverio). De hecho, una vez constatada la transformación de Gregor, la Sra. Samsa (cuyo nombre ni siquiera nos es conocido) no expresa en ningún momento su opinión respecto a lo que pueden hacer en esta nueva situación, sino que simplemente muestra su conformidad y se escuda en su enfermedad para retirarse a un segundo plano de la acción, prácticamente terminando toda relación con su hijo. Resulta significativo cómo, tras la muerte de Gregor, la Sra. Samsa parece necesitar la confirmación de este punto por parte de la asistenta (“—¿Muerto? — dijo la señora Samsa, y levantó los ojos con gesto interrogante hacia la asistenta a pesar de que ella misma podía comprobarlo”9), cuyo personaje reúne los atributos que la Sra. Samsa parece desconocer o haber suprimido en su rol de esposa.

Por el contrario, el personaje de la hermana del protagonista resulta de crucial importancia para el desarrollo de la historia. Desde el principio, Grete decide sin dudar ocuparse del cuidado y alimentación de su hermano, convirtiéndose en su único vínculo con la familia (y con el mundo humano, en realidad). Al asumir este rol podría entenderse que Grete está rebelándose contra su condición de mujer y su destino preestablecido, en un intento de alejarse del ejemplo de su madre y su nula presencia social (lo que justificaría, por ejemplo, que sea ella quien tome las decisiones en lo concerniente al nuevo estado de Gregor, en un papel reservado tradicionalmente al hombre). En su pretensión por adquirir relevancia dentro la unidad familiar a pesar de su corta edad, Grete ignora los escrúpulos que el estado de Gregor podrían provocar en una adolescente para mantener en buenas condiciones la habitación de su hermano, que ahora depende de ella; incluso deja de lado su potencial carrera como violinista para ayudar en la economía familiar, sirviendo a los nuevos huéspedes y proporcionándoles entretenimiento con su repertorio musical.

A lo largo del relato, el carácter de Grete Samsa evoluciona paralelamente a como lo hace su relación con su hermano. Vemos así cómo aparece inicialmente hablando en voz baja, en actitud suplicante al dirigirse a Gregor, o susurrando, como cuando le advierte de la llegada del apoderado. Poco después, empieza a dar muestra de su determinación cuando es ella la primera en sugerir la necesidad de conseguir un doctor que examine a su hermano. Cuando se hace evidente la transformación de Gregor, Grete no sólo asume voluntariamente el cuidado de su hermano, sino que se preocupa por comprender su nueva situación (como demuestra al llevarle diferentes tipos de alimento, o al acondicionar el mobiliario para la comodidad de Gregor). Este cuidado atento, que es apreciado por el protagonista mientras no deja de preocuparse por el daño que su nueva situación pueda causar a su hermana, va transformándose con el tiempo hasta llegar a ser una mera rutina formal, que Grete cumple con celeridad luchando contra el aire viciado del hábitat donde Gregor vive encerrado. Al llegar a este punto, Grete está desempeñando una labor desagradable en beneficio de quien, bajo una apariencia grotesca, cree su hermano. No obstante, el punto de inflexión se produce cuando Gregor cambia su actitud hacia ella. Así, si bien desde un principio se ha mostrado agradecido, deseando no contrariarla y tratando de evitarle en lo posible situaciones incómodas, llega a mostrarse agresivo (“Prefería saltarle a a la cara”10) cuando Grete y su madre vacían la habitación de Gregor. Es en ese momento cuando Grete levanta el puño y grita “con una mirada penetrante” dirigida a su hermano. Puede decirse entonces que Grete, en el ingrato desempeño de su desagradable tarea, se ha transformado en cierta manera en Gregor. A diferencia de éste, sin embargo, ella parece resuelta y capaz de afrontar la dificultad llegado el momento.

Poco a poco, Grete va adquiriendo un papel más importante en la familia, llegando prácticamente a sustituir a su hermano (toda vez que éste es aislado tácitamente con el paso del tiempo, virtualmente excluido del círculo familiar), si bien no como proveedora del sustento familiar, sí como miembro activo cuya voz es escuchada y tenida en cuenta. En este sentido, el ascenso de rango definitivo de Grete se produce cuando, tras el incidente de Gregor con los inquilinos, es ella la primera en plantear la necesidad de dar un giro a la situación que solucione definitivamente el problema acaecido desde la transformación de su hermano. Más aún cuando, tras las dudas del padre (“¡Qué podemos hacer!”; y, a continuación, “Sí él nos entendiese… — dijo el padre en tono medio interrogante”11) es ella quien asume el control de la situación al exclamar: “Tiene que irse, es la única posibilidad, padre.”12

Como Ibsen en Casa de muñecas, Kafka retrata en La transformación a unas figuras femeninas carentes de autoridad social y doméstica. Sin embargo, algunas de estas mujeres, a pesar de ser discriminadas y obligadas a grandes sacrificios en comparación con los hombres, son capaces, como consecuencia de sucesos extraordinarios, de realizar esfuerzos extremos que se ven recompensados con su libertad.

Puede apreciarse en esta obra la presencia de un feminismo en ciernes a principios del siglo XX: Grete personifica el auge de lo femenino frente al mundo de los hombres, indiscutido hasta el momento, pero que ahora comienza a parecer obsoleto. Así, ante un protagonista masculino transformado en algo grotesco (y que finalmente muere, víctima de su propia actitud); ante un padre de familia envejecido (y que a pesar de todo conserva su estatus como líder hasta el fin: “Las mujeres le obedecieron enseguida, corrieron hacia él, le acariciaron y terminaron rápidamente sus cartas”13), caben dos actitudes por parte de la mujer: la de la madre, que no puede soportar la visión de Gregor transformado y es ignorada a la hora de tomar cualquier decisión al respecto, o la de Grete, que es equiparada al padre a efectos prácticos. Mientras el sacrificio de la Sra. Samsa consiste en una mera supresión de la voluntad (un esfuerzo pasivo, por omisión), Grete asume desde el inicio un papel práctico, resoluto y firme. Un nuevo modelo de mujer está surgiendo, y así se muestra en el hecho de que la familia Samsa contrate a una asistenta que “hacía el trabajo más pesado”14, y que, lejos de asustarse ante la visión del gran insecto, se siente más bien divertida y atraída a jugar con él15.

En definitiva, podría decirse que Kafka, quizá basándose en su experiencia vital16, pretende mostrar en esta obra el conflicto entre la clásica familia patriarcal y las necesidades de la sociedad moderna; una nueva realidad que hace indispensable redefinir los roles de sus agentes, al tiempo que muestra la importancia creciente de una nueva clase de mujer frente a la degradación extrema del hombre tradicional.

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Notas:

1 Sobre los tres relatos, escribió Kafka a su editor Kurt Wolff: “Los tres textos están relacionados interior y exteriormente. Entre ellos existe una conexión evidente, más aún, una conexión secreta, y como no quisiera renunciar a ella, desearía su publicación en un libro titulado Los hijos” . Kafka, Franz. (2000). Cuentos completos. Valdemar. Madrid.

2 Kafka, Franz. 1997. La metamorfosis. Alianza Editorial. Madrid.

3 Ibídem.

4 Ibídem.

5 Ibídem.

6 Ibídem.

7 Ibídem.

8 Ibídem.

9 Ibídem.

10 Ibídem.

11 Ibídem.

12 Ibídem.

13 Ibídem.

14 Ibídem.

15 “No perdía la oportunidad de abrir un poco la puerta por la mañana y por la tarde para echar un vistazo a la habitación de Gregor. Al principio le llamaba hacia ella con palabras que, probablemente, consideraba amables, como: «¡Ven aquí, viejo escarabajo pelotero!»”, Ibídem.

16 Criado al amparo de mujeres, es conocida la debilidad que Kafka sentía por su hermana Ottla; es ella quien le cuidará durante su enfermedad y a ella dirige Kafka abundante correspondencia. De su importancia en la vida del autor checo da fe la decena de veces que es mencionada en la conocida Carta al padre, donde significativamente escribe dirigiéndose a su progenitor: “Acerca de Ottla (…) cuando no se halla en peligro ni padece ningún sufrimiento especial, tú sientes odio por ella; tú mismo me has confesado que, a tu parecer, ella te causa siempre intencionalmente sufrimientos y disgustos, y que, en tanto tú sufras por su causa, ella se sentirá satisfecha y alegre”. Kafka ve en su hermana “la terquedad, la susceptibilidad, el sentido de la justicia, la inquietud característica de los Löwy, y todo ello apoyado por la conciencia de la fuerza de los Kafka”, es decir, la equiparación de las características femeninas (Löwy era el apellido materno) y masculinas. Kafka, Franz. (2003). Carta al padre. Galaxia Gutenberg. Barcelona.